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Domingo 1° de Cuaresma

La cuaresma comenzó hace cuatro días, el Miércoles de Ceniza. ¿Por qué comienza la cuaresma un miércoles? Para que salga la cuenta. ¿Qué cuenta? La cuenta de cuarenta días de penitencia antes del domingo de pascua. La Iglesia desde antiguo nos pide que para celebrar dignamente la Pascua de Jesús y la nuestra, si estamos unidos a él, nos preparemos por medio de la penitencia. Y nos propone que sean cuarenta días, a imitación de los cuarenta días de ayuno que Jesús observó al inicio de su ministerio público, como hemos escuchado en el evangelio de hoy. Si, a partir del Sábado Santo, contamos hacia atrás cuarenta días, omitiendo los domingos que nunca son días penitenciales, la cuenta nos lleva precisamente hasta un miércoles, que es el de Ceniza. Este tiempo penitencia abarca por lo tanto el tiempo de cuaresma y los días de la Semana Santa, hasta el Sábado Santo.

¿En qué consiste la penitencia que debemos realizar durante estos cuarenta días? Consiste primariamente en la renovación espiritual. En sentido negativo la renovación espiritual implica un arrepentimiento, un desapego a nuestros pecados y aficiones pecaminosas. En sentido positivo, la renovación espiritual consiste en un incremento de la santidad, por medio del ejercicio de la caridad hacia el prójimo y también hacia Dios. El servicio al prójimo y la oración a Dios caracterizan ese crecimiento en santidad. La práctica del ayuno, de la abstinencia, y de otras formas de sobriedad y austeridad personal debe ser ayuda y apoyo a ese movimiento de renovación espiritual que se nos pide en cuaresma. Quizá una imagen ayuda a comprender de lo que se trata. Imaginemos que estos cuarenta días de penitencia son como un gran período de ejercicios espirituales al final de los cuales celebramos nuestra renovación espiritual unidos a la celebración de la pascua de Jesús.

Los domingos de cuaresma, las tres lecturas tienen una lógica singular. La primera son pasajes del Antiguo Testamento que relatan episodios muy significativos de la historia de la salvación antes de Cristo; con frecuencia la segunda lectura está en relación con esta primera lectura. En cambio el evangelio propone tema independiente. Este año, los pasajes evangélicos del tercero, cuarto y quinto domingos subrayan y destacan la misericordia y la bondad de Dios. Yo quiero dar relieve a los temas propuestos en las dos primeras lecturas.

En este primer domingo, el tema que vincula la primera y la segunda lectura es la profesión de fe como expresión de nuestra salvación. Basta que cada uno declare con su boca que Jesús es el Señor y que crea en su corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, para que pueda salvarse. En efecto, hay que creer con el corazón para alcanzar la santidad y declarar con la boca para alcanzar la salvación. El camino cuaresmal es un camino de fe. La imposición de las cenizas el pasado miércoles iba acompañada de la declaración: “Conviértete y cree en el Evangelio”. O quizá de aquella otra: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”, como intimación a tomar conciencia de nuestra fragilidad y fugacidad para que busquemos nuestra fortaleza y seguridad en Dios por la fe.

Pero, ¿qué es creer? ¿Qué significa tener fe? El relato de la primera lectura es excepcional para ilustrarnos el acto de fe. El pasaje del Deuteronomio contiene las instrucciones de cómo debía proceder el israelita para la presentación de las primicias de sus cosechas. En el Antiguo Testamento la salvación era muy temporal, de este mundo. Todavía no existía la perspectiva de eternidad propia del cristianismo. Dios había salvado al pueblo de Israel liberándolo de la esclavitud y otorgándole una vida en paz, en un territorio propio, con gobernantes responsables de garantizar la seguridad de las fronteras, de modo que cada israelita pudiera cultivar su tierra y obtener así el sustento para sí y su familia. Era una salvación para este mundo, pero eso es lo que había y lo que se esperaba. El israelita, al realizar su cosecha experimentaba en su propia vida los beneficios de aquellos acontecimientos que habían ocurrido siglos antes. Por eso presentaba sus primicias como testimonio de que él reconocía que se beneficiaba hoy de una salvación realizada antiguamente. El Señor nos sacó de Egipto con mano poderosa y brazo protector, con un terror muy grande, entre señales y portentos; nos trajo a este país y nos dio esta tierra que mana leche y miel. Por eso ahora yo traigo aquí las primicias de la tierra, que tú, Señor me has dado. El israelita narraba los principales acontecimientos por medio de los cuales Dios había realizado la salvación. El israelita se colocaba a la luz de esa historia, entendía su presente y los beneficios de la cosecha como consecuencia de esa historia de Dios con su pueblo. Su fe consistía en reconocer que el sentido de su vida personal hoy y para el futuro dependía de la historia de lo que Dios había realizado y seguía realizando en favor de su pueblo.

Nuestra fe cristiana tiene la misma dinámica. La diferencia consiste en que ya no esperamos de Dios que nos resuelva los problemas políticos de vivir en un país libre o los desafíos económicos de obtener un ingreso suficiente. Esos son problemas que debemos resolver nosotros. Lo que ahora esperamos de Dios es que nos resuelva problemas que sólo Él puede resolver, el del sentido de la vida frente a la muerte y el del valor de nuestra vida frente al pecado. Y en efecto, en eso consiste la salvación que Cristo nos ofrece. El perdón de nuestros pecados por su muerte en la cruz y la promesa de la vida eterna por su resurrección. Ese es el corazón del credo que recitamos cada domingo.

Cuando nosotros recitamos nuestro credo, también nosotros contamos la historia de las obras de Dios por nosotros: Él creó el mundo, envió a su Hijo nacido de mujer, quien murió y resucitó y por medio de su Espíritu Santo estableció la Iglesia y santificó a los fieles para que al resucitar alcancen la vida eterna. Si entendemos el sentido de nuestra vida a la luz de esa historia, tenemos fe. Si profesamos con la boca y creemos en el corazón en ese Dios que ha realizado esas obras, y vivimos por lo tanto, en coherencia con esa historia, obtendremos la salvación. Nosotros ya no presentamos, como el antiguo israelita, una canasta con las primicias de la tierra. Nosotros nos presentamos a nosotros mismos, nuestra alegría y esperanza del cielo como una ofrenda agradable a Dios, porque sabemos que nuestra existencia tiene consistencia y sentido a la luz de lo que Él ha hecho por nosotros. Cuando digo “creo” acojo como mía la historia del amor de Dios por nosotros.

X Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán

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