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Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

Hemos escuchado hoy el grandioso pasaje del juicio final según san Mateo.  Es el pasaje conclusivo de una larga enseñanza de Jesús sobre el fin del mundo y el juicio final.  Él llega como gran rey sentado en el trono del mismo Dios Padre.  En efecto, en diversos lugares se nos enseña que el Padre ha dado a Cristo resucitado todo poder, para juzgar a vivos y muertos.  Esto significa que a Dios le importa la calidad moral de la conducta de las personas, sea como individuos, sea como parte de los pueblos y naciones del mundo.  Se reúnen ante él todas las naciones.  Puesto que la palabra “naciones” designa por lo general a los pueblos paganos, no al pueblo cristiano, que procede de todos los pueblos, naciones y razas del mundo, hay quien ha pensado que esta escena describe el juicio de Cristo sobre los pueblos que no tuvieron la oportunidad de creer en él porque nunca les llegó el Evangelio.  A las naciones, Cristo las juzgará por la práctica de la caridad.  La idea es bonita y tiene su mérito y hasta su fundamento, pero así no lo ha entendido normalmente la Iglesia.  Otra posibilidad es que como Cristo envió a sus discípulos a todos los pueblos y naciones del mundo para enseñarles el Evangelio y bautizarlas, Jesús, que cuenta la historia, ya ve a todas las naciones evangelizadas, que comparecen ante él para el juicio.

Lo primero que hace Jesús es dictar sentencia.  Separa a las personas congregadas ante él en dos grupos: los salvados y los condenados.  Después vendrán las explicaciones. Jesús, como un pastor, separa de su rebaño a los cabritos destinados al matadero del resto de las ovejas que seguirá viviendo.  A los que van a seguir viviendo, a los que van a entrar a gozar del reino preparado desde la eternidad por Dios, les explica por qué se salvaron.  Porque practicaron la misericordia y lo auxiliaron a él, al rey, en su necesidad.  Le dieron de comer y beber, lo vistieron y lo hospedaron, lo auxiliaron cuando estuvo enfermo o encarcelado.  Estos son solo ejemplos de otras docenas de obras misericordiosas.  Entonces los salvados, sorprendidos, preguntarán cuándo auxiliaron a Cristo necesitado.  Y Cristo responderá que cuando lo hicieron con uno de sus hermanos más pequeños, se lo hicieron a él.  En principio esos hermanos de Cristo más pequeños son cristianos pobres; pero está en la línea del Evangelio incluir entre los hermanos más pequeños de Cristo a toda persona necesitada, pues Cristo mandó a amar incluso a los enemigos.  De hecho en la Iglesia se nos enseña a hacer el bien sin mirar a quién.

Pero, ¿cómo es que esos cristianos que están siendo juzgados no supieron que cuando le hicieron un bien al pobre en necesidad se lo hicieron a Cristo? ¿Acaso los que están ante Jesús de verdad son paganos de las naciones, que nunca escucharon el Evangelio?  Y si son cristianos, ¿acaso no les enseñaron eso en la catequesis? ¿Acaso nunca escucharon este pasaje de san Mateo?  En realidad, Jesus cuenta esta parábola para nosotros ahora.  Somos nosotros ahora los que tenemos dificultad para reconocer en el hambriento y el sediento, en el enfermo y el forastero al Rey y justo Juez del mundo.  Y Jesús nos enseña ahora, para motivarnos a reconocerlo en quien no tiene ningún semblante de ser el Rey del Universo y de ese modo motivarnos a hacer el bien, a ser caritativos y acogedores.  Nosotros ya sabemos que Cristo se identifica con el cristiano indigente y por extensión con todo hombre y mujer creado a imagen de Dios.  Porque de lo que se trata no es solo de socorrer al prójimo necesitado sin referencia a Cristo, sino de realizar la caridad como un acto de adoración a Cristo en el pobre.

De allí la severidad del juicio a los otros, a los condenados al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.  A pesar de que preguntan como si no supieran que Cristo se identifica con los indigentes, sí lo supieron, cuando recibieron el Evangelio y la formación cristiana.  Lo que Cristo censura es la actitud actual de hacernos los despistados y negar la caridad.  Irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

Jesús nunca enseñó que al final, a causa de su misericordia, a Dios le daría lo mismo bien que mal, mentira que verdad, caridad o egoísmo, fe que incredulidad.  No, al final habrá juicio y distinción, logro o malogro de la vida, éxito o fracaso ante Dios.  Y Jesús nos enseñó de antemano las preguntas del examen.  Pero el juicio incluye también otras preguntas.  Hago esta advertencia porque hay la tendencia de absolutizar este pasaje, e interpretarlo aisladamente del resto de pasajes que también hablan sobre el juicio.  Se suele citar a san Juan de la Cruz “al final de la vida nos examinarán del amor”, como para decir que al final solo contará para Dios la caridad con el prójimo.  Pero también nos examinarán sobre nuestra fe en Cristo y sobre el cumplimiento de la ley moral.  Es una norma católica de la interpretación de la Escritura, que ningún texto se tome aislado, sin contextualizarlo con los otros que tratan del mismo tema.  Hay una multitud de pasajes en los evangelios y en las cartas de San Pablo que se refieren al juicio y al tema sobre el que Cristo nos juzgará. 

A aquel joven que le preguntó a Jesús qué debía hacer para alcanzar la vida eterna (Mt 19,16-19), le respondió que debía en primer lugar cumplir los mandamientos, los Diez, los que enseñó Dios al pueblo de Israel al salir de Egipto.  San Pablo enseña que hay que cumplir los mandamientos morales, para heredar el Reino de Dios (1Cor 6,9-10).  También y en primer lugar, hay que seguir a Jesús, creer en él como nuestro Salvador.  Al joven que le contestó que ya cumplía los mandamientos, le explicó que para alcanzar la perfección debía dejar todo y seguirlo a él.  En el evangelio de san Juan, Jesús enseña que la salvación en realidad se decide por la fe que ponemos en él.  El que cree en él no es juzgado, pero el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios (Jn 3,18).  “Juzgar” en este pasaje significa “condenar”.  Así pues, me atrevo a afirmar que el juicio se dirime en el reconocimiento o no de Cristo.  Pero este pasaje de san Mateo especifica que la fe en Cristo no es solo asunto de asentimiento mental, sino también de obediencia a su Palabra y sus mandamientos y de servicio caritativo a su persona en el prójimo necesitado.

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