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Domingo 33 Ordinario 

La segunda lectura de hoy nos ofrece el contexto espiritual y teológico adecuado para leer el evangelio.  San Pablo nos recuerda que vivimos bajo la perspectiva del juicio de Dios.  Es decir, el creyente vive su vida presente con la conciencia clara de que no es dueño de su vida para hacer de ella lo que quiera; sino que vive su vida sabiendo claramente que la ha recibido como un don de Dios y de que, por tanto, debe dar cuentas a Dios de lo que ha hecho con ella.  Somos responsables ante Dios de nuestras acciones.  Él nos dio la vida; es más, Él nos rescató del pecado y de la muerte y hace posible que tendamos hacia la plenitud; Él nos pide cuentas de cómo administramos esa vida que Él nos dio y santificó.  La idea de que debemos rendir cuentas a Dios de lo que hayamos hecho no es motivo de temor, pues nosotros ya no vivimos en la ignorancia y las tinieblas.  La conciencia de deber dar cuenta a Dios de nuestra vida y conducta las transforma en acto de culto por el que se las ofrecemos diariamente a Dios.

En ese contexto del juicio, Jesús nos cuenta una parábola ilustrativa.  Cuenta la historia de un hombre rico, que al irse de viaje, deja sus bienes monetarios a cargo de tres administradores de su confianza.  Distribuye sus bienes de modo desigual, pues a cada uno le da una suma de dinero diversa según la capacidad de cada uno.  Le deja a uno cinco, a otro dos y a otro uno.  Al primero le deja una suma que casi duplica la que le deja a los otros dos juntos.  Jesús al contar la parábola quiso marcar ese contraste.  En relación con el primero, los otros dos recibieron montos mínimos.  El hombre se va de viaje.  Durante la ausencia del patrón, el que recibió cinco y el que recibió dos, es decir, el que recibió el máximo y el que recibió casi el mínimo, se comportaron productivamente, creativamente y multiplicaron la suma recibida en encargo.  Es de notar, que ambos actuaron con dinero ajeno, dinero confiado, no propio.  El que recibió la suma mínima hizo disquisiciones sobre las cualidades de su patrón, de su carácter exigente, y prefirió no hacer nada.  Enterró el dinero como medida para conservarlo seguro.

Después de mucho tiempo, el patrón regresó y pidió cuentas a los servidores.  El que recibió la suma grande y el otro que recibió la suma casi mínima se presentaron.  Ambos habían negociado hasta duplicar la suma recibida.  A pesar de la diferencia de la responsabilidad, dentro de sus competencias, ambos hicieron lo que debían con el mismo resultado.  Ambos también recibieron el mismísimo elogio de parte de su patrón: Te felicito, siervo bueno y fiel.  Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor.  Entra a tomar parte en la alegría de tu Señor.  No importó la diferencia del encargo, como para que el patrón elogiase más al que había tenido mayor responsabilidad.  Ambos recibieron igual elogio.

En cambio, el que recibió la mínima responsabilidad, y quien también actuó con negligencia.  Se le confió un dinero y no quiso hacerlo producir.  Por eso recibió una censura de parte de su patrón.  Aunque le devolvió cabalmente el monto que había recibido, el patrón no lo excusó con el argumento de que en realidad la responsabilidad era mínima y poco importaba el resultado.  El patrón le exigió responsabilidad en lo poco como había elogiado la responsabilidad del que había tenido la máxima carga.

Si leemos esta parábola en el contexto de la segunda lectura, en el contexto del juicio de Dios sobre nuestras acciones, la lección es de mucha importancia.  El patrón de la parábola es por supuesto Jesús.  Los dineros que deja en consigna son sus dones, su gracia, la misión que nos da, el encargo que nos confía, diversos a cada uno, a cada uno según su capacidad.  Algunas tareas y servicios son importantes, visibles, de alta incidencia.  Otros reciben tareas y misiones más humildes, sencillas, de poca incidencia.  Su tardanza se refiere al tiempo de este mundo.  Vivimos a la espera del Señor; pero mientras lo esperamos, tenemos tareas y encargos que realizar, pero como vemos la rendición de cuentas lejana, podemos caer en el peligro de actuar con negligencia.  Los tres servidores nos representan a nosotros.  Al final, el Señor nos pedirá cuenta de lo que hemos hecho, de nuestra responsabilidad para cumplir la misión que se nos ha dado.  Tanto si nos dio un encargo grande y visible como si nos dio una misión sencilla, poco notoria, de pequeña importancia.  No podemos recurrir a la excusa de que como la misión que me ha tocado en esta vida es cosa común, que no descuella en la sociedad, que es humilde y sencilla, el Señor tampoco le dará importancia y puedo realizarla como un chapuz.  Para el cristiano no hay chapuces y menos dejadez en la tarea y la misión que ha recibido en su vida.  Para el Señor ninguna persona y ninguna misión es tan pequeña que no merezca atención.  Cada quien trabaja con los dones de Dios en el lugar donde está, en la misión que ha recibido.  En el desempeño de la misión de la vida cada uno gestiona su propia salvación.

La parábola entendida de esta manera nos ayuda a valorar la misión, la vocación, la tarea que se nos ha dado, sea pequeña o grande, de gran incidencia o poca, de mucha visibilidad o casi invisible.  Debemos igualmente dar cuentas al Señor de lo que hicimos con nuestra vida y cada uno en su lugar y misión tiene abierto por delante el camino de la salvación.  Nadie puede decir, como yo no tengo una responsabilidad notoria, alta, visible, importante, mi vida no vale nada, Dios no me va a exigir, puedo hacer lo que quiera con mi vida.  Sea nuestra misión visible y notoria, como de cinco talentos, o sea humilde y oculta, como de un talento, el Señor nos pedirá cuenta por igual y nos premiará por igual.  Te felicito, siervo bueno y fiel.  Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor.  Entra a tomar parte en la alegría de tu Señor.  Por eso quizá, se ha elegido como primera lectura el elogio del ama de casa.  Nuestra sociedad considera que su responsabilidad no es trabajo, porque no devenga un sueldo.  Pero el trabajo es ante todo servicio a la familia y a la sociedad.  El trabajo se define por el servicio no por el dinero.  Y el trabajo casero es fundamental para la subsistencia de la familia.  También allí es posible la santificación y también ese trabajo es misión de la que hay que dar cuentas a Dios.

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