Horario Parroquial

Misas

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Lunes - Viernes:

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Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

Una vez le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento principal de la Ley. Jesús respondió citando dos pasajes del Antiguo Testamento, uno del Deuteronomio y otro del libro del Levítico: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Muchas veces me he puesto a pensar: si me preguntaran cuál es el pasaje más importante del Nuevo Testamento, cuál es el pasaje que condensa de mejor modo la Buena Nueva de Jesús, yo respondería con el inicio del pasaje evangélico de hoy: Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Esa frase recoge y condensa el mensaje del Evangelio. Lo que creemos, lo que anunciamos, el fundamento del que vivimos es en primer lugar el gran amor que Dios le tiene al mundo, el inmenso amor que Dios nos ha demostrado al crearnos y al redimirnos. La prueba y demostración de ese amor es Jesucristo. El Hijo de Dios es el enviado del Padre. Dios lo entregó. Nos lo entregó a nosotros como Salvador. Lo entregó a la pasión y muerte, porque el camino de obediencia condujo a Jesús a asumir la cruz a la que lo condenaron. Esta entrega hasta la muerte y una muerte de cruz tuvo como consecuencia su glorificación, de modo que quienes ponemos en él nuestra fe nos vemos libres de la muerte y alcanzamos la vida eterna.

 

En esa misma línea, el papa Francisco, en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, al enunciar el núcleo del evangelio lo expresa así: “Algunas [verdades reveladas] son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado” (36). Estas palabras del papa Francisco reflejan la afirmación de san Juan en su evangelio. El gran amor de Dios por nosotros se ha manifestado en la muerte y resurrección de Jesucristo y ese amor nos ha comunicado la salvación.

Al final del tiempo de pascua, una semana después de haber celebrado la solemnidad de Pentecostés, celebramos a Dios en sí mismo, celebramos a la Santísima Trinidad. Las lecturas de la misa dirigen nuestro pensamiento para que centremos nuestra atención en el amor y la misericordia que Dios nos tiene. Cuando Dios se le aparece a Moisés se describe a sí mismo con esta declaración: Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel. Incluso la ira de Dios, que no podemos negar ni ignorar, debe entenderse como expresión de su compasión y su misericordia. La ira de Dios, que es real, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, es su oposición al mal. Para Dios no da lo mismo bien que mal, no da lo mismo santidad y justicia que maldad y opresión. Él promueve el bien y por lo tanto rechaza el mal, la injusticia y el pecado, de donde venga. Ese rechazo del mal es su ira que procede de su misericordia y de su clemencia. Dios resiste y rechaza el mal, pero acoge al pecador arrepentido, sana al enfermo dolido, se compadece del que sufre y del que muere.

En su origen, la fiesta de hoy tenía el propósito de celebrar el misterio de la Santísima Trinidad, celebrar a Dios como nos lo mostró Jesús. Para decirlo de un modo práctico y simplificado, podríamos decir que Dios está realmente en el cielo, y es el origen y creador del universo y gobierna todo cuanto existe con su providencia; pero Dios ha compartido y ha vivido en Jesús la experiencia de un ser humano y de ese modo guía la historia humana hacia su plenitud; y el mismo y único Dios habita en el corazón de cada creyente como Espíritu Santo y lo convierte en su templo, lo santifica y lo lleva a la vida eterna junto a él. Es un Dios que lo abarca todo, lo asume todo y lo penetra todo.

El gran desafío que tenemos ahora no es tanto la concepción trinitaria de Dios que fue fruto de no pocas discusiones y debates en los primeros siglos de la historia cristiana, sino su misma existencia, pertinencia y efectividad. La pregunta que debemos hacernos hoy es: ¿qué lugar ocupa Dios en nuestra vida, en nuestra sociedad? ¿Es Dios una referencia piadosa pero inocua o una realidad operante e iluminadora del sentido de la vida? A diferencia de lo que ocurre en otros lugares, donde de Dios ya no se habla y se considera una reliquia de un tiempo que pasó, entre nosotros el discurso sobre Dios está muy vigente, pero con efectos parecidos. No hemos silenciado el nombre de Dios, pero lo hemos trivializado. Todos mentamos el nombre de Dios, pero me temo que muchas veces es en vano, para instrumentalizarlo a otros fines, para adornar el discurso con referencias piadosas y no para someternos a él en obediencia y adoración.

Pienso que esta solemnidad de la Santísima Trinidad debe llevarnos a plantearnos la pregunta: ¿quién es Dios para mí? ¿qué lugar ocupa en mi vida? ¿es el mago del que espero siempre el milagro que resuelva mi problema? ¿o es la referencia que guía mi vida incluso en los momentos de adversidad y sufrimiento para tomar siempre decisiones constructivas? ¿Dónde encontrar a Dios? ¿En el discurso amedrentador de los predicadores del juicio y el azufre o en el rostro compasivo de Jesús que se inclina sobre el samaritano maltrecho a la vera del camino? ¿Cómo imaginar a Dios? ¿Cómo el abuelo bonachón que todo lo aguanta y tolera porque no se da cuenta de nada y hasta lo podemos hacer bailar nuestro son? ¿O como el padre, que da vida y corrige, que exige y que alienta, que aprieta para que reflexionemos y busquemos siempre el camino hacia Él?

Dios aparece cuando nos planteamos las grandes preguntas. ¿Por qué nací y por qué debo morir? ¿Por qué debo hacer el bien y no el mal? ¿Tiene consistencia y realidad el deseo de felicidad y plenitud en el corazón humano? Cuando nos planteamos seriamente las preguntas que cuestionan el sentido de la vida, entonces le damos a Dios la oportunidad de aparecer en nuestra vida, porque Dios no fuerza la puerta de nuestra casa para entrar, sino que espera que se la abramos y le demos paso para habitar con nosotros. Y Dios entra a través de Jesús y su Evangelio. A eso nos invita la fiesta de hoy.

 
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